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Las tribulaciones enciclopédicas de Schabb

Archivado en General • Fecha: 03-02-2005 14:43:47

Obra narrativa completa de metodistA

Escribir un diccionario. La idea de Raúl Schabb no generó una inmediata corriente de adhesiones. Sin embargo, ante la falta de otras opciones, los Preclaros resolvieron elaborar un diccionario.

Schabb mostraba una determinación casi heroica en todas sus acciones; como un correo del zar de cuyas obras dependiese el porvenir de compañeros de soldadesca sitiados por tropas enemigas en un remoto valle. Sus ojos color negro olvido ofrecían un giro luminoso que daba pistas sobre la tenacidad que bullía en su mente. Sin duda esa tozudez le ayudó a crear el Círculo Preclaro que según desgranaba el manifiesto fundacional “…tiene como misión irrenunciable el desarrollo de proyectos inmodestos que promuevan el desarrollo intelectual del ser humano.” El documento detallaba que dentro del paraguas desarrollista se incluían tareas como “el combate de la ignorancia oscurantista, la difusión del preclarismo y la expansión a escala nacional del ideario de Barth Menéndez”
Al parecer Schabb sudó sangre para convencer a sus compañeros de clase de la necesidad de dar origen a un movimiento de esta índole. Hasta ese momento, ni Jonás Waleska ni Pedro Prado ni Roberto Solar habían prestado al Estirado Schabb demasiada atención. Si después de horas de monólogo persuasivo, nervioso y apasionado, accedieron a unirse al movimiento preclarista, fue por aburrimiento, sin duda más sólido que su adhesión a los principios del Preclarismo.
Sin embargo la redacción del manifiesto, del que se conservan tres páginas en el Museo Papelero de Palomar- honor al parecer no motivado por su significado histórico, sino porque fue escrito sobre el mítico papel Juanríos, inencontrable en la actualidad- enroló sin remedio a Jonás, Pedro y Roberto.
El Estirado era apasionado pero no simple. Dejó clemente que sus compañeros metieran baza e incluso elaboraran párrafos enteros que en propiedad eran más atribuibles a unos guerrilleros silvestres que al batallón de filósofos de la luz que Schabb un día había concebido.
Finalizado el manifiesto, que trabajosamente firmaron con un bolígrafo a quien la mala fortuna quiso desposeer de tinta en momento tan solemne, los Preclaros se encontraron de pronto sin tarea operativa que acometer.
Schabb sugirió, una perezosa tarde de cafetería y tabaco, la redacción de un diccionario inspirado por los principios del movimiento, que debería ofrecer al lector una definición del mundo limpia de supersticiones y creencias trasnochadas que tanto desviaban al hombre – “y a la mujer” añadió Solar, siempre atento a las reivindicaciones femeninas – del acceso a la Verdad.
Acordaron un procedimiento de trabajo en apariencia sencillo. Cada uno traería cada tarde tres palabras con sus correspondientes definiciones, éstas se discutirían y en su caso modificarían democráticamente. Ello debería bastar para finalizar el diccionario en dos años.
Al día siguiente, el preclarismo celebró la primera reunión diccionarial de su historia. Schabb el Estirado extrajo del bolsillo de su chaqueta unas cuartillas y leyó su primera aportación al Diccionario Preclaro, título provisional de la obra.

“Amor: Apego a una idea, objeto, animal o persona”

Jonás criticó la definición del Estirado. “Creo que tu definición es fría e inexacta. Yo creo que apego se queda corto si se compara con el alcance verdadero del amor”. Schabb contestó que una definición por fuerza debía ser fría ya que buscaba la objetividad. Así como lo definido no puede entrar en la definición, el que quiera definir el amor no debe denotar su amor por el amor cuando intente explicarlo. Y eso era lo que según él le ocurría a Jonás, que “se delataba enamorado de una muchacha, que por cierto no era precisamente estandarte de la preclaridad”. “Compadre preclaro Schabb” empezó un Jonás ligeramente mosqueado por esa alusión a sus escarceos con la camarera de la cafetería “no recuerdo en qué párrafo del Manifiesto se exige castidad a los miembros de esta hermandad”.
“Sabes bien que en ninguno” Schabb contraatacó, “nunca hemos defendido la castidad distintiva de curas y monjas, víctimas de un credo absurdo más propio de primitivos aborígenes de Papúa que de descendientes de la Ilustración”
El hombre – “y la mujer” añadió raudo Solar interrumpiendo al Estirado, atrevimiento que éste no juzgó en modo alguno adecuado- debe satisfacer su peaje físico. Dicho peaje es adecuadamente descrito y explicado por las ciencias químicas y biológicas.
Sin embargo, amigos, ese engaño que es conocido como amor es enemigo de nuestro propósito fundacional. Cómo podemos pretender servir a la causa de la Verdad, si eso que se conoce por amor es un disfraz de la mente tejido por nuestra condición carnal. Si nos obliga a mentir, con frecuencia a nosotros mismos. Cómo podemos ser ejemplo de claridad en la percepción, si nubla nuestros sentidos y nos impulsa a tomar decisiones equivocadas.
Jonás Waleska, tú eres el mejor soporte de mi argumento. De cabeza clara y proceder sin borrón hasta la fecha, no eres el que un día fuiste desde que fijaste tus ojos en el rotundo trasero de Marcela.
Cuidado con lo que dices, Schabb, no le faltes el respeto a la señorita Balaguer.
Señorita Balaguer, señorita Balaguer, óyete, unas ancas bonitas exigiendo el tratamiento de marquesa. Es la derrota definitiva, la contemplación resignada de cómo esta ilusión química traiciona a la mente de cualquier desdichado que una vez deseó ser llamado un hombre. Y entonces Solar se incorporó como un resorte y temerariamente añadió “ ¡ y la mujer !

Don Basilio declaró esa misma tarde en el cuartel de policía que la trifulca se originó sin aviso previo alguno que él pudiese detectar . La lista completa de desperfectos incluía una mesa de mármol, dos sillas de rejilla y un espejo que malvivía colgado detrás de la barra de don Basilio y que había resistido incólume dos guerras, una revolución liberal y, añadía, en una chispa insospechable tan solo segundos antes, una mujer celosa.
Los Preclaros pasaron la noche en calabozos separados, y al día siguiente fueron liberados sin más obligaciones que el pago de la cuenta de los destrozos. Schabb no se despidió de sus tres compañeros, henchido cómo estaba todavía de orgullo lastimado y decepción intelectual.
Tomó el tranvía y al buscar encontró un asiento libre al lado de una joven cuyo rostro –pensó Schaab- no estaba desprovisto de misterio y sensualidad. Ella le sonrió mirándole a los ojos. Él sintió el sonrojo conquistando su propia cara y desvió la mirada al costado. “Hace calor” se dijo.

En aquella ciudad nadie oyó hablar ni media palabra más del movimiento preclaro.

Escrito por Ionatan
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